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SABANAS DE SEDA

No había dejado ningún detalle librado al azar, pensó en su comida favorita, buen postre y buen vino tinto, como les gustaba a ambos.

Se paró en la puerta de entrada y desde allí, tomando una perspectiva más amplia de la sala, miro por décima vez que cada cosa estuviera en su lugar, tal cual lo había planificado.

Se paró frente al espejo y reparó meticulosamente en su aspecto, retocó su pelo y volvió a ponerse perfume.

Nuevamente miró el reloj, ya habían pasado quince minutos de las once de la noche. Era tarde, pero aun así, sabía que vendría.
Todo estaba en orden.

Cuando sonó el timbre atendió el portero eléctrico, luego corrió a la puerta, se detuvo antes de abrir, esperando escuchar la puerta del ascensor e intentando no manifestar su ansiedad, abrió despacio.

Ella caminaba por el pasillo hacia su departamento, aún tenía el pelo mojado, llegaba apresurada, hermosa.
La mujer se acercó con una sonrisa, le entregó una botella de champagne y en puntas de pie llegó a su boca.

Se amaron.
Cenaron.
Se amaron.

El ruido del corcho rompió el silencio del descanso de los cuerpos. Ella llenó dos copas y volvió a él.

Cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse por las hendijas de la ventana, la mujer calzó sus zapatos altos, juntó su ropa del piso, la guardó en su bolso, caminó desnuda hasta el perchero de la sala, se puso su abrigo y se fue.

Embriagado y adormecido, sobre las sabanas de seda, él sonrió, satisfecho y pleno.
Escuchó el golpe de la puerta de entrada al cerrarse, los pasos pequeños de ella al irse, la puerta del ascensor y después la nada.

La mujer miró la hora y tras ello, apresuró la marcha de su auto.
Al llegar a la puerta de su casa, se quitó los zapatos altos, se puso unas zapatillas que guardaba bajo el asiento, ató su pelo con una cinta, tomó un paquete que descansaba desde la noche anterior sobre el asiento trasero y bajó del auto.
Entró por la puerta de la cocina, cuidando no hacer ningún ruido. Abrió el paquete que traía y acomodó en un plato el budín de chocolate que fue testigo, desde el asiento del auto, de su noche furtiva. Lo puso sobre la mesa junto a dos tazas de desayuno y servilletas.
De inmediato acomodó en el respaldo de cada silla, los guardapolvos blancos que había planchado la tarde anterior. Cuando vio que nada faltaba, caminó hacia su cuarto.
Cerró la puerta y se sintió a solas, un suspiro profundo puso punto final a la noche.

Cruzando la calle, las cortinas de tela blanca de la casa de enfrente, aun se balanceaban, se abrían y se cerraban. Una mujer colgada al teléfono, transmitía apesadumbrada y horrorizada, la escena que terminaba de ver:

- Acaba de llegar, junto con el amanecer, es increíble, deja solos a esos chicos. Que ejemplo pueden tener esas criaturas, me dan pena… a ver… esperame, no cortes… un remis- seguía transmitiendo al instante que los hechos sucedían- si, los chicos salen con su guardapolvito, se van en ese coche que los lleva. Que desastre!!... si, si, es así como decís, es una irresponsable… ahí se van. Claro!! El ejemplo que le das a los hijos es imprescindible para que sean buenas personas, yo siempre digo, y sabés que no es mentira, mi hijo, bien casado, buen padre, tiene el ejemplo que le hemos dado, los genes respetables de su padre… son tan parecidos, si hasta él, como mi marido, solo duerme entre sabanas de seda.

Comentarios

  1. Jajajaja! Magah!

    Brillante la historia!.
    El pre, el durante y el pos, tan bien descriptos en esa pareja me hacen acordar a un articulito que tengo publicado por ahí en mi sitio.

    Los hijos de ambos estarán bien si los padres están Bien Consigo mismo y para ello es indispensable que también estén Bien C…., cosa que no parece sucederle a la vecina, a pesar de que también dispone de sábanas de seda!.

    Gracias por pasarte y gracias por recibirme.
    Cariños.
    Rik

    ResponderEliminar
  2. Rik, si, llevandolo a la reflexión, cualquier historia que tenga un bues "pre, durante y pos" hace que uno no tenga tiempos ni necesidad de estar instalado tras una cortina, mirando la vida de los otros.
    Mirar por una ventana hacia afuera, es la mejor manera de no verse hacia adentro.

    Gracias por comentar.

    ResponderEliminar
  3. Muy bueno, Magah.
    Exelente post. Me hace acordar a las viejas del barrio donde me crié, pegadas a las ventanas para ver que sucedía.
    Sergio

    ResponderEliminar

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