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VIENTO

Es de noche. Los dos fumamos, y nada nos puso contentos.
El duerme arriba, calladito, ni siquiera habla dormido, ni ronca, ni se mueve. No quiso tener sexo.
Yo prefiero escribir en la cocina.
Una tras otras, las gotas de agua, de la canilla, golpean sobre el acero de la pileta.
Exactamente una cada tres segundos.
Detrás suena el motor de la heladera, despacio, allá abajo, como ahogado pero constante.
Afuera, la brisa lenta, peina la arboleda de la calle.
No se escucha nada más.

Todo se me hace lejano… como si me estuviera yendo.

Lleno varias páginas de un cuaderno, de garabatos mareados.
Cuando ya no tengo mas para pensar ni decirme, solo tragar con dignidad el bocado amargo de la despedida, subo y me acuesto al lado de él.

Pronto el sueño me pudo, pues solo registro el amanecer.
El abre las cortinas y la luz del día se mete en el cuarto.
Hay en el espacio una incomodidad palpable, silencios nada habituales y una dilatación poco frecuente para enredarnos y terminar haciendo el amor.

Junto todas mis cosas, mientras lo miro moverse a mí alrededor.
Su cuerpo dorado huele a sol.
Está duro, como siempre, no tiene un cuerpo flexible, no es flexible. Es fuerte, determinante y consecuente con sus pensamientos y sentimientos. Su racionalidad impera.
Es como un árbol firme y de profundas raíces, frondoso, de amplias ramas florecidas, con una copa abierta hacia el cielo, con espacios sólidos para anidar en ellas.

Salimos, caminamos juntos, de la mano, lo beso cuantas veces puedo, en toda su cara, sus manos, sus brazos. El solo se deja, no responde.

Pues bien, me digo, tras haber venido por esto, lo encontraste, que te dijera allí, teniéndote a mano, sobre su cama, acariciado y amado, que ya no quería más de esto.

Me siento como el viento, como la brisa que sonaba, bonita y descalza, entre las ramas, la noche anterior, como las gotas livianas que cayendo sobre el acero hacían ruido, y tras ello, desaparecían en la superficie. Me siento aire que corre sin detenerse, que solo pasa y nada deja, que va y viene, que acaricia, refresca y nada lo contiene.
El se queda, allí, aferrado a su tierra, y yo no puedo anidar en sus ramas.

El lo sabe, el lo dice y yo que deseo un lugar en el, donde anidar y enraizarme, donde amar y ser amada, no puedo quedarme.

El camino hacia el la estación de Barrancas de Belgrano, fue el trayecto para la despedida. Apenas me toca, evita mi contacto.

Guardo su última mirada, la expresión más amorosa en su cara, la expresión mas desesperada y contenida al verme ir.
Guardo su determinación, tomo la mía y me voy.

La determinación no evita la libertad, la fortalece.

Comentarios

  1. Magah: te había escrito otra cosa pero se perdió. Te contaba que era 31 de diciembre, que llovía y era de tarde, y que leer tu post me había emocionado. Es fascinante, tenés un manejo muy bueno de las metáforas. Hay ciertas imágenes muy buenas: La comparación del amante con el árbol, y cuando, casi al final, al referirte a tu estado de ánimo, remitís a las cosas que dijiste al principio.
    Muy bueno, Magah
    Es un placer leerte.
    Sergio.

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  2. Gracias otra vez Sergio. Soy de llanto fácil, y lo que vos decís me emociona. Si algo te transmite lo que escribo, para mí ya está. Es todo.

    Un abrazo

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