"El que escribe no sabe"
El domingo a la noche estaba escribiendo como suelo hacerlo habitualmente. De pronto vi que entraba un comentario
anónimo en una de las últimas entrada del blog,
esa que había generado algunas controversias y que trataba sobre la explicación de lo que hace que una mujer
pueda ser una puta. El comentario me
provocó un cierto escozor:
“Sé cómo te escurrís entre los dedos, con esa crueldad que te es tan propia”
A los pocos minutos volvió a entrar otro comentario:
“…admiro esta facultad de huir que sólo se concede a los seres que no
conocen el obstáculo de los juicios de valor.”
Era una copia literal de una de las oraciones del texto publicado hacía
ya varios días.
El tipo estaba ahí ya que en el preciso momento en que yo leía su comentario
aparecía otro detrás.
Se me escapó una sonrisa y me
sume, divertida y desafiante, al juego
que el desconocido estaba planteando.
-Adrenalina-dije.
Y contesté:
“Admiro al hombre que se atreve a
dejar de existir ante la mujer que se va sin más que por su propio placer.”
Me quedé atenta mirando el monitor a la espera de una respuesta. Se
hizo esperar, y yo esperé, ya que
justamente eso me provocaba al placer, saber que si puedo desaparecerme es
porque alguien se va a quedar ahí tan sorprendido por mi ausencia como estuvo
encantado por mi presencia.
La sangre se me aceleraba y me fui poniendo tensa, como si el tipo hurgara con sus manos entre
mis piernas.
“Quiero que no te guardes nada y
que seas bien puta. Vos sabés como hacerlo” comentó.
Me volvió a sorprender, no esperaba que escribiera eso, o por lo menos no
tan rápido y mucho menos en el blog. De cualquier manera pensé que no era nada
original y que no hacía más que mostrarse como un espécimen típico de su
especie, un pajero cibernético, y que
estaba muy bien, ya que yo no era ni más ni menos que él.
“Me gusta cómo te queda esa
remera negra. También me gusta tu pelo
atado con ese lazo rojo. Si no te molesta, me encantaría que te saques la ropa y que dejes caer el pelo sobre la
espalda desnuda” Escribió en el
próximo comentario sin esperar a que yo conteste el anterior.
Me miré, tenía la remera negra que me había puesto para estar cómoda mientras escribía y efectivamente me
había atado el pelo con un pañuelo rojo. Quedé perpleja y la sonrisa se me desdibujo tan rápido, como
tan rápido perdí la valentía para seguirle el juego. Lleve la mirada hacia el
ventanal, no iba a ser la primera vez que alguien me estuviera espiando, pero
estaba cerrado y nada se podía ver de afuera hacia adentro ni tampoco de
adentro hacia afuera. Giré la vista en
torno de la habitación. No había nadie más que yo.
Sentí miedo. Cerré el blog y me
quedé quieta, luego apagué la notebook.
Me puse de pie y me alejé suponiendo que era la mejor manera de ahuyentar
cualquier pensamiento y de alentarme a la tranquilidad diciéndome que
todo lo sucedido no era más que producto de mi imaginación y que estaba cansada
por las exigencias laborales de los últimos días.
Fui a la cocina, estaba ansiosa, nada me tentó dentro de la heladera, apague la luz y salí.
Me fui al cuarto, corroboré que la ventana estuviera bien cerrada. Miré
el reloj de la mesa de luz y me convencí de que lo mejor era acostarme a
dormir. Me saqué la remera negra y la
arrojé en el canasto de la ropa sucia en el lavadero, no quise tenerla cerca.
Volví al cuarto y seguí desvistiéndome.
¿Quién habrá sido?...¿Cómo supo de mi remera?...me puse de pie y
desprendí despacio los botones del jean…¿Cómo supo el color de mi lazo y que me
había atado el pelo?...calcé los pulgares en los pasa cintos de las caderas y
con esfuerzo fui tironeando para sacármelos
…llegué a las rodillas con los pantalones, volví a sentarme en la cama para
tironear de las botamangas…me quité el lazo rojo y sentí el roce suave de mi pelo sobre mi espalda.
Sugestionada por el recuerdo de alguna película de terror en la cual el
hueco que queda bajo la cama es el escondite preferido de cualquier psicópata,
me agaché para asegurarme que no hubiera
nadie. Me temblaban las piernas, me noté sudorosa y
con la respiración jadeante.
Luego de corroborar mi soledad y mi leve excitación, me tiré
boca arriba en la cama, extendí el brazo izquierdo, abrí la puerta de la mesa
de luz, saqué una caja, la puse a un lado de mi cuerpo, saqué un consolador y
sin más que algún que otro pensamiento que me ayudaron a remontarme
definitivamente, comencé a tocarme y a escurrirme sin ninguna necesidad amorosa, con el
sabor agridulce de la perversión y fui la más puta de todas las mujeres.
Luego de desmayarme de placer me dormí.
Ya con el amanecer queriendo entrar al cuarto y aun entrelazada en la
borrachera del sueño, me levante y caminé hasta la cocina para prepararme un café.
Encendí la notebook.
Como a cuentagotas se me fueron apareciendo los recuerdos de la noche
anterior. Releí el final del texto en el
que había estado trabajando: “…comencé a tocarme y a escurrirme sin ninguna necesidad
amorosa, con el sabor agridulce de la perversión y fui la más puta de todas las
mujeres.”
Me gustó.
Seleccioné, copié, entré al blog, pegué en la plantilla de entradas
nuevas y oprimí sobre el icono de publicar.
Me recosté en el respaldo de mi silla y de un sorbo acabé el café.